domingo, 8 de noviembre de 2009

LOS ÁNGELES DE AMSTERDAM (Séptima continuación, parte cuatro), Víctor M. Alonso Suárez


LOS ÁNGELES DE AMSTERDAM (Séptima continuación, parte cuatro)

Soy un esclavo de Amsterdam. He pasado mucho tiempo en esta ciudad. Algo me une a tantos: el amor por sus calles, su gente, los canales, el aire que se respira, su cosmopolitismo; el amor por Amsterdam, en fin. Más concretamente el amor por Los Ángeles de Amsterdam, que como ya dije es una ciudad llena de ellos. Se pueden encontrar en cualquier esquina, en cualquier museo, en cualquier parque, leyendo, mirando al cielo, meditando, simplemente existiendo. Son ángeles cultos. Lo digo yo, que siempre fui un hombre de costumbres dudosas, poco dado a martingalas de iglesias y curas o ardides de funámbulos.

Cada uno de los narradores del relato deja su grano de arena y aporta su perspectiva; cada uno ha tenido sus vivencias, y por eso no siempre es fácil que nos pongamos de acuerdo en una visión coherente; cada cual camina por su lado, de ahí la variedad de experiencias y estilos. Creo que ello le da especial valor a esta pequeña y modesta obra. Somos una mezcla variopinta de individuos, todos con la madurez y la fiabilidad necesarias para contar lo que sintieron y lo que vieron, por lo que el lector puede estar seguro de que se relatan hechos constatados y de absoluta fiabilidad y veracidad.

Nos une un fin común, por lo que dejamos al lector sus juicios y valoraciones. Nos da igual lo que pueda pensar. Ponga los adjetivos que estime oportuno; seguiremos con nuestra labor y con el desorden que imprimimos al relato; lo hacemos por puro placer, no con la intención de agradar o disgustar.

Ahora, pasado ya el tiempo, creemos que esta puntualización debió de ser hecha al comienzo, pero nuestra falta de juicio e incompetencia así como un problema de estructura no nos ha permitido la inserción de la apostilla hasta este preciso instante. A buen seguro la noticia aliviará profundamente al lector, en el supuesto de que haya alguien tan temerario como para haber llegado a estas alturas del cuento.

Aquí me quedo, con un pelotazo de buena ginebra holandesa ante mí. Perfumes deliciosos de marihuana llenan el ámbito de este pequeño y pintoresco bar de mala muerte en que nos hallamos yo y mis mugrientas hojas manuscritas. El gran Bird interpreta una suave melodía. Espero verlos en breve. Si quieren. Amén.

Víctor M. Alonso Suárez.
Un lugar de Gran Canaria, 6 de Noviembre de 2.009

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