
Allí gasté buena parte de mi silencio, entre néctares dulces y tulipanes verdes.
En la distancia nostálgica y cruenta de la palabra, unos ojos azules me llenaron de color el sentimiento, y las alas blancas como la nieve acariciaban mi distancia, mi distante deletrear de unos versos.
Eras tú, bella, hermosa ninfa que conocí en la infancia y reconocí este invierno, que ahora llega en el hemisferio donde la luna es otra, no rota, idéntica al tuyo, de lento discurrir del paso, del paciente caminar los adoquines congelados de hielo.
Allí estabas, estábamos jugando con el tiempo. Juntos, de la mano, visitando a Van Gogh; visitantes de un perfume de óleos y colores, de tiempo y recuerdo, de girasoles sabrosos que rompen las fronteras de lo imposible.
Allí los tres nos mirábamos y compartíamos el licor de los olvidados, de los melancólicos sirvientes de un arte que trasciende símbolos innecesarios.
Tus alas, tus alas… lento transcurrir de una caricia, tus caricias, tu amor, tu sentimiento, mientras el genio plasmaba y bebía óleos y partía en pedacitos la alegría, y su sombrero brillaba en el resplandor de la luna.
Luego se quedó solo en un páramo oscuro, y ya no lo recuerdo.
Mientras, tú y yo nos sumergimos en la otra cara del silencio, y el amor sobrevino, cuando el destino quiso que la noche caminara en los cristales reflectantes de una estrofa que avivó el fuego de la memoria.
Y ya más no puedo… Hermosa, te me escapas en el laberinto dulce de las caricias.
Víctor M. Alonso Suárez
Gran Canaria,
7 de Octubre de 2.009
Fuente de la imagen: http://linoleo.files.wordpress.com/2007/03/girasoles.jpg

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