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Todos los años llega implacable, impuntual y diferente. Adormece el cielo, clava puntos de luz en la noche. Puntos de luz distantes y estáticos, que como clavos oníricos fijan el universo a no se sabe dónde, mientras la gata negra vuelve impertérrita a subir a la mesa y molesta la escritura y mancha con sus deditos la suciedad del teclado. Y yo, que sigo en mis cosas, imagino el frío como una materia agria y transparente donde sumergirse y flotar ingrávido, ligero, como la propia serenidad silenciosa de la noche.
Y en ese escenario extravagante acaricio las siluetas de las montañas al contraluz lunar, como si de tu vientre y tus pechos se tratare; las montañas, que también parecen sujetas, cual móviles gigantes, a la cúpula flexible y estética de la esperanza, de esta apertura de espíritu que libera.


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